Echarse la siesta: beneficios y precauciones
Hay días en los que el cuerpo lo pide claramente: después de comer cae el rendimiento, cuesta concentrarse y aparece esa sensación de “piloto automático”. En ese momento, echar la siesta puede ser un recurso útil dentro de la rutina diaria, siempre que se entienda que la siesta es un apoyo puntual para la recuperación y el estado de alerta.
El problema es que no todas las siestas funcionan igual. Dormir la siesta demasiado tiempo o demasiado tarde puede estropear los horarios de sueño, y lo que parecía una ayuda se convierte en un círculo de cansancio.
Beneficios de echarse una siesta
En adultos sanos, tomar una siesta corta suele mejorar la somnolencia y el rendimiento cognitivo, sobre todo cuando hay falta de sueño o es una jornada especialmente exigente. Las investigaciones dicen que las siestas breves reducen la sensación de sueño y pueden aportar mejoras en tareas de atención y rendimiento durante unas horas.
En la práctica, lo que más se busca es ese “reinicio” mental. Y ahí entran las siestas cortas de 20 minutos. Ese rango ayuda a entrar en fases ligeras de sueño, mejora la sensación de alerta y reduce la probabilidad de levantarse con pesadez.
Además, en entornos donde la atención sostenida es crítica (por ejemplo, turnos largos), una siesta de 20 a 30 minutos se ha asociado con mejoras en alerta y desempeño.
Posibles desventajas
La desventaja más típica no es grave, pero sí muy reconocible: la inercia del sueño. Es ese despertar con sensación de aturdimiento, cierta torpeza mental y cuerpo pesado, como si tardaras en sincronizarte con el día. Suele ocurrir cuando la siesta se alarga y entras en sueño más profundo.
Además, una siesta larga o tardía puede interferir con el sueño nocturno: reduces la “presión de sueño” acumulada y luego cuesta conciliar el sueño a la hora habitual. Esto se nota especialmente en personas con insomnio o con horarios de sueño irregulares.
Si acostumbras a tu cuerpo a dormir la siesta para seguir funcionando, o aparece un cansancio desproporcionado aunque duermas horas suficientes, es razonable pensar en un posible trastorno del sueño (por ejemplo, apnea del sueño, insomnio crónico, síndrome de piernas inquietas) o en rutinas que están rompiendo el descanso real. En esos casos, no se trata de quitar la siesta a la fuerza, sino de valorar el conjunto.

¿Cuándo debo considerar echar una siesta?
Echar la siesta tiene más sentido cuando cumple una función concreta.
- Falta de sueño puntual: mala noche, guardia, viaje, crianza, enfermedad leve. Aquí una siesta corta puede ayudar a sostener el día sin “reventar” el descanso de la noche.
- Prevención antes de una jornada exigente: si sabes que por la tarde o noche tendrás que rendir (turno, estudio, conducción), una siesta breve puede ser la siesta más probable de “salir bien” porque no compite tanto con el sueño nocturno si se hace temprano y corta.
- Caída circadiana de primera hora de la tarde: ese bajón típico tras comer. En este caso, el objetivo es levantar el nivel de alerta, no dormir “a lo grande”.
Hay situaciones en las que es mejor no apostar por la siesta como solución principal:
- Cuando el insomnio es frecuente o cuesta dormir por la noche.
- Si al dormir la siesta, aunque sea poco, el sueño nocturno se retrasa o se fragmenta.
- Si necesitas siestas largas casi a diario para sentirte “normal”. Ahí conviene explorar causas: desde higiene del sueño y estrés hasta un posible trastorno del sueño.
Mejores formas de dormir la siesta
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Duración: aproximadamente 20 minutos (máximo 30 minutos). Las siestas cortas suelen aportar beneficio con menos riesgo de inercia del sueño. Si te levantas con sensación de aturdimiento, probablemente te estás pasando de tiempo o estás entrando en fases profundas.
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Hora: mejor antes de media tarde. Como norma práctica, intenta que sea antes de las 15:00-16:00. Cuanto más tarde, más fácil que afecte al sueño nocturno y desordene los horarios de sueño.
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Entorno: luz baja, temperatura agradable y el menor ruido posible.
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Ritual breve: tumbarte con la idea de “tengo que dormirme ya” suele hacer el efecto contrario. Plantéalo como un descanso planificado. Si te duermes, bien. Si no, ese reposo ya baja el nivel de activación.
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Si necesitas siestas largas, revisa el por qué. Si siempre te vas a 30 minutos y acabas en 60-90, no es un fallo de voluntad: puede ser señal de deuda de sueño real o de sueño nocturno poco reparador.
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Una siesta bien hecha no compite con el descanso de la noche: lo complementa. En el día a día, la versión más útil suele ser la más discreta: 20 minutos, temprano, y con la intención de volver al trabajo o al estudio con la cabeza más clara. Ese enfoque encaja con una higiene del sueño sensata.